Estoy, literalmente,
borracho de champán.
Tendido en el suave
bamboleo de mi chinchorro y arrullado por el persistente runruneo de
las olas a mis pies contemplo cómo avanza la noche allá en el
horizonte, donde se adivina el continente africano, siempre empezando
a despertar, siempre lleno de misterio.
A esta hora, en un rincón
de su existencia pelean hasta la sangre el fanatismo y el ansia de
ser libre de pueblos atrasados que otrora fueron luz del mundo. También aquí al lado,
en nuestro suelo, toca echarse un pulso estéril a engolados
directores de supuestas sociedades avanzadas; eternos gruñidos
entredientes y alardes de posturas y palabras por acotar un puñado
de savia que chupar y justificar su egolatría.
Fanatismo y política,
igual da, borracheras de soberbia e ignorancia que abocan a estúpidas conductas; estulticia endémica que se empeña en
arruinar, una y otra vez, el milagro asombroso de la vida.
La luna casi llena
desparrama lágrimas de plata sobre mi pecho, y el sueño me vence
enredando sus dedos amorosos en mis escépticos cabellos...