10 de agosto de 2012

Fantasmas


    Nací en la noche de los tiempos, cuando las fuerzas naturales asombraban y asustaban a la humanidad. Mi padre es el miedo, hijo de la enfermedad y la muerte; y mi madre es la curiosidad, criada en la perspicacia y la intuición cuando la necesidad de saber supera a la ignorancia. Ambos me educaron en el sobrecoger y en el placer de observar rostros desencajados, gestos de ocultación, gritos desesperados. Y me enseñaron los efectos de las sombras tremulantes del candil, el crujir de la madera en el silencio de la noche, el ulular del viento entre las ramas, el batir de la lluvia en los cristales, el latigazo deslumbrante del relámpago y el desgarro estruendoso del trueno que le sigue. Es la cohorte que anuncia mi presencia en las noches solitarias que busca con temor, inútilmente, los ojos infantiles, y mi poder, que atraviesa las débiles barreras de sábanas y almohadas. Solo el sueño que rinde, ya al amanecer, señala mi retirada triunfal. Luego, de mayores, me abandonan. Aprenden opiniones sabihondas que niegan mi existencia —«es producto de la mente», dicen— e ignoran mi presencia. Yo también me alejo, aburrido de su indiferencia.

      Sin embargo, ella no lo ha hecho. Dejó hace tiempo su niñez pero sigue creyendo en mí; ahora son unos bellos ojos los que me buscan cada noche; su voz queda me llama susurrando en mis oídos; apenas esconde su hermoso cuerpo, sin miedo, tras la sábanas. Y he empezado a experimentar sensaciones nuevas, desconocidas para mí; empiezo a sentir algo que me mueve a responder a su llamada, a oler el perfume de su pelo, a acariciar la tersa piel de sus caderas, a rozar sus labios con los míos. Pero no es posible; por mucho que lo intento, no alcanzo a tocarla con mis manos, ni envuelvo su cuerpo con mi cuerpo, no logro que se encuentren nuestras bocas. Y me invade el terror de esta impotencia, el miedo de deseos desesperados, el temor del sentimiento para siempre. Ahora empiezo a entender a los mortales, ahora sé, de verdad, qué es un fantasma.

     Quisiera tener un sueño profundo que me rinda cuando apunte el sol, de madrugada.
    Quisiera ser mortal para crecer y poder entender que los fantasmas no existen, que son productos de mentes infantiles.