Se oye a lo lejos el sonar de un buque
en medio de la niebla.
El mar, en calma, está cerca de mí
pero no me pertenece.
Como tampoco la palmera que se yergue
exhibiendo su penacho a la brisa de levante.
Sé que es mío el ordenador desde el
que escribo.
Y el sillón en que me siento.
Y la mesa y la taza con restos de café,
también son míos.
Igual me pertenecen los dedos que
teclean, los brazos, el cuerpo relajado, los ojos que escrutan lo que
escribo.
Pero... ¿quién soy yo, que tengo
tantas cosas?
¿Dónde estoy que no me ubico?
¿Es que solo soy espíritu?;
¿sensaciones, ideas y pensamientos?
Seguramente los otros “yo” serán
lo mismo, algo intangible escondidos en soportes biológicos a los
que parasitamos.
Nidos imperfectos condenados a
degenerar y desaparecer.
Quizás este escrito, como otras
manifestaciones, no sea más que un grito de socorro para no ser
arrastrado por ésta mi caduca parihuela.
Y, ¿quién, entonces, podría darme la
mano, si no hay manos?
¿Y porqué tendría que hacerlo?
¿Y para qué?
...Mejor me levanto y me hago otro
café.