La fugacidad, la vivencia
evanescente, la realidad cambiante, exigen la inmediata satisfacción
del deseo, enemiga de mi necesario compás del tiempo.
Ese tiempo sin valor que
es tirado a la basura del progreso junto a vivencias trasnochadas.
Ese espacio del
pentagrama donde se detienen las corcheas y da sentido a la completa
sinfonía.
Ese burbujeo de la olla
en el anafe que acompaña la postergación del hambre.
Ese sueño de recién
nacido que propicia el placentero descanso de la madre.
Esa exhibición natural
del lento vuelo del águila poderosa.
Esa detención de ensueño
de un lance de Morante.
Esa mirada infinita de
unos ojos enamorados.
Esa pausa en la palabra
que invita a la comunión intelectual.
Ese deambular sin rumbo
para sentir el contacto de su mano.
Esa despedida del sol
anaranjado que deja en la frente el beso de su brisa.
Vida: no sé el tiempo que me
queda;
me perderé mucho que
hacer si no apresuro,
pero ...¡déjame gastarlo en
lo que quiera!